Las primeras personas que lo han probado hablan de un cambio inesperado: la misma rutina de siempre, pero sin las sustancias que asfixian la piel. Sin ansiedad por abstinencia, sin repentinas sensaciones de vacío… y, sobre todo, sin ese tono apagado en el rostro que parece no desaparecer nunca.
Los expertos que lo mencionan subrayan un punto: cuando la piel deja de estar constantemente privada de oxígeno y nutrientes, el cambio es claramente visible. Y cuando todo esto sucede sin estrés, sin la presión de “tener que dejarlo” de la noche a la mañana, entonces sí que se vuelve sostenible en el tiempo.
No es extraño entonces que cada vez más fumadores lo estén descubriendo justo ahora, y que muchos de ellos hablen de una sensación completamente nueva: como si, finalmente, el cuerpo y la piel pudieran respirar aliviados.