Nunca olvidaré aquella tarde de marzo.
Estábamos en el parque, Luca acababa de aprender a ir en bicicleta sin rueditas y quería que corriera junto a él. "¡Vamos mamá, corre conmigo!"
Después de apenas 50 metros tuve que pararme. Me faltaba el aire, el pecho me ardía. Luca se dio la vuelta y me vio doblada en dos, con las manos en las rodillas.
"Mamá, ¿estás bien?"
"Sí, cariño, es solo que... mamá necesita descansar un momento."
Asintió, pero en su mirada vi algo que me partió el corazón.
No era preocupación. Era costumbre.
Ya se había acostumbrado a una mamá que se detiene, que dice "espera un momento", que "tiene que hacer algo rápido" y desaparece durante 5 minutos.
Esa noche, mientras los acostaba, Sofía me preguntó:
"Mamá, ¿por qué siempre sales?"
No estaba hablando de las compras o del trabajo.
Estaba hablando del balcón. De las 8-10 veces al día en las que desaparecía para fumar.