Su padre nunca llegó a conocer a su nieto.
Si llevas años fumando y no consigues dejarlo...
Si te pasaste al vaper convencido de que lo habías arreglado, y has acabado usando las dos cosas...
Si una parte de ti sabe, en el fondo, que algo tiene que cambiar antes de que sea la vida la que decida por ti...
Entonces esta es la historia que tienes que leer.
Porque el hombre que construyó Breazy no es un científico con bata blanca.
Es un hombre de Gijón que vio morir a su padre, y que después estuvo a punto de seguirlo.
Primera parte
«Me fumé el primer cigarro a los dieciséis. Tenía treinta y seis cuando por fin entendí lo que me habían hecho veinte años de tabaco.»
Javier Fernández creció en el barrio obrero de La Calzada, en Gijón.
Su padre, Ramón, trabajaba en la siderurgia. Fumaba treinta cigarros al día desde los diecisiete.
«Era simplemente lo que hacían los hombres», cuenta Javier. «Al salir del turno. En el bar. En el descanso del partido. Se fumaba en todas partes.»
Gijón, años ochenta. «Era simplemente lo que hacían los hombres.»
Javier empezó a fumar a los dieciséis. No porque le apeteciera. Porque lo hacían sus amigos.
A los veintidós se fumaba un paquete al día.
A los veintiocho ya había intentado dejarlo cuatro veces.
Probó los parches, los chicles, la fuerza de voluntad, dejarlo de golpe. Fracasó todas las veces.
Nada funcionó.
«Recuerdo que me preguntaba: ¿es que soy débil y ya está? ¿Me pasa algo?»— Javier Fernández
Segunda parte
La llamada que lo cambió todo
En 2017 Javier recibió una llamada de su madre.
A su padre, Ramón, de cincuenta y cinco años, acababan de diagnosticarle un cáncer de pulmón.
«Llevaba años tosiendo. Todos dábamos por hecho que era la tos del fumador. No lo era.»
Ramón murió catorce meses después.
No llegó a conocer al hijo de Javier.
El niño nació tres semanas después del entierro.
«Mi padre tendría que haber estado allí, en el hospital, ese día. Tendría que haberlo cogido en brazos. Nunca pudo.»
Esa noche Javier bajó al aparcamiento del hospital, con su hijo recién nacido en la planta de arriba y su padre bajo tierra, y se fumó un cigarro.
«Me odiaba por ello. Pero no podía parar.»
— Javier Fernández, fundador de Breazy
Tercera parte
«Pensaba que el vaper era la solución. Me equivocaba.»
Un año después de la muerte de su padre, Javier tomó una decisión.
Iba a dejarlo. En serio. Por su hijo.
Se pasó al vaper.
«Me lo había recomendado un amigo. Sin alquitrán. Sin humo. Había leído en internet que era la opción inteligente. Pensaba que lo había arreglado.»
Durante un tiempo se lo creyó.
Entonces llegó el Covid. El taller estuvo cerrado durante meses y Javier acabó metido en casa todo el día.
Y todo cambió.
«Ya no había que salir del taller para fumar. Ni clientes, ni nadie mirando. Solo el vaper y yo, todo el día, todos los días. Y al cabo de un mes había vuelto a comprar el paquete.»
En 2021 Javier se fumaba un paquete de tabaco al día, más dos recargas de vaper.
Fumaba en el balcón. Vapeaba en el sofá. En la cocina. En el baño. En la cama.
En una sola mañana metía en el cuerpo más nicotina de la que su padre fumaba en un día entero.
«Me pasé al vaper para dejarlo. Acabé con dos adicciones en vez de una.»— Javier Fernández
Cuarta parte
La noche en que creyó que se moría
2:47
Un domingo de febrero. Javier se despertó con el corazón golpeándole el pecho.
«No solo iba rápido. Iba mal. Como si algo dentro de mí se hubiera atascado.»
Se quedó inmóvil. No quería despertar a su mujer, Marta.
Tenía treinta y seis años, estaba tumbado a oscuras y se preguntaba si le estaba dando un infarto.
«Mi hijo tiene tres años. Si esta noche me pasa algo, crece sin padre. Después de haber crecido ya sin abuelo.»
— Javier Fernández, fundador de Breazy
No fue a urgencias.
A la mañana siguiente, eso sí, se presentó en la consulta de su médico de cabecera.
El médico fue directo.
«Me dijo: "Usted no tiene solo una adicción a la nicotina. Tiene una adicción al gesto. Cada cinco minutos repite el mismo gesto, con el cigarro o con el vaper, y ya no hay nada que le obligue a parar: con los cigarros al menos tenía que salir a la calle, con el vaper puede hacerlo hasta en la cama. En veinte años se ha construido un automatismo más profundo que cualquier adicción química."»
Un automatismo más profundo.
Javier ya no se quitó esas palabras de la cabeza.
Quinta parte
Seis meses, tres ciudades y la pregunta correcta
Javier probó todo lo que le había recomendado el médico.
El Champix: los efectos secundarios lo dejaron sin dormir dos semanas.
Los parches: abandonados a los tres días, con la primera llamada de trabajo estresante.
El libro de Allen Carr: leído dos veces. De acuerdo con cada palabra. Seguía fumando.
«Entendía el problema a la perfección. Solo que no podía parar.»
Así que empezó a indagar más a fondo. Seis meses leyendo todos los estudios que encontraba sobre la adicción y sobre cómo nacen, y cómo se rompen, los hábitos.
Habló con psicólogos especializados en adicciones en Madrid y en Oviedo.
Dio con una investigadora de París que se dedicaba a la aromaterapia clínica, es decir, el estudio de cómo ciertos aromas naturales actúan sobre el cerebro.
Y poco a poco las piezas empezaron a encajar.
«Todos se centraban en la nicotina, que es solo una pequeña parte del problema. Nadie se ocupaba del hábito, que es todo lo demás. El gesto de fumar, repetido doscientas veces al día. Por eso todo seguía fallando. Todos estábamos tratando lo que no era.»— Javier Fernández
Sexta parte
«Construí lo que me habría gustado que existiera cuando mi padre aún vivía»
Javier no era ingeniero.
Era un hombre de treinta y seis años de Gijón, carpintero desde hacía veinte, con una necesidad desesperada de resolver un problema.
«No quería montar una empresa. Quería dejarlo. Y luego quería que otros hombres como yo pudieran dejarlo.»
Partió de una pregunta sencilla: ¿y si, en vez de sustituir la nicotina, se le diera al cerebro lo que de verdad busca?
El gesto. La calada. El momento de pausa.
Un objeto que se sujeta como un cigarro y al que se le da una calada como a un cigarro, sin nicotina, sin vapor y sin nada que quemar. El cerebro tendría su gesto. Y al cuerpo, por fin, ya no le entraría nada.
Pasó dieciocho meses trabajando con un pequeño grupo de diseñadores e investigadores de aromaterapia. Decenas de prototipos. Cientos de caladas de prueba.
«Mi mujer, Marta, fue la primera en probarlo. Ella también fumaba. Lo dejó en tres semanas.»
El inhalador Breazy. Sin batería. Nada que vaporizar.
«Luego su hermana. Luego tres amigos míos de Gijón. Uno fumaba desde los quince.»
«Todos libres en menos de treinta días.»
Fue entonces cuando Javier se dio cuenta de que tenía entre manos algo grande.
Lo llamó Breazy, del inglés breathe easy: respirar sin esfuerzo.
«Le das una calada a Breazy y luego sueltas el aire despacio. Es la misma respiración larga que hacías con el cigarro, y es esa respiración, antes incluso que la nicotina, la que te calma. No es casualidad: Breazy está pensado precisamente para eso.»
— Javier Fernández, fundador de Breazy
Cómo funciona Breazy, y por qué nada más podía funcionar
Breazy no es un vaper. No hay nicotina. Ni humo. Ni vapor. Ni batería.
Es un dispositivo reutilizable, de madera y acero inoxidable, al que le das caladas exactamente igual que a un cigarro.
Dentro, en lugar de líquido y sustancias químicas, lleva un núcleo aromático natural: un filtro de fibra de algodón impregnado de aceites esenciales (menta, mango, canela y otros) que, según varios estudios, actúan directamente sobre la zona del cerebro que enciende las ganas de fumar.
El automatismo se dispara, y Breazy le da lo que desea: el gesto, la calada, la pausa. Sin humo.
Las manos tienen algo que sujetar y la boca algo que hacer. Para el cerebro, ese cigarro ya está fumado.
Al cuerpo, mientras tanto, no le entra nada que enganche. Ni nicotina. Ninguna sustancia que dé placer. Nada sobre lo que construir una nueva adicción.
La investigación detrás de Breazy
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El 87% de la adicción al tabaco es hábito: el gesto, no la química de la nicotina
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Los aceites esenciales actúan sobre la parte del cerebro que gobierna las ganas de fumar: la menta y los cítricos calman la ansiedad y cortan las ganas de raíz
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El automatismo no necesita nicotina para darse por satisfecho: le basta con repetir el gesto, aunque sea sin nicotina, para dar la pausa por «hecha»
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Más del 78% de quienes prueban Breazy siguen usándolo después del primer mes: no porque luche contra las ganas, sino porque les da otra salida
| Todo lo demás ❌ |
Inhalador Breazy ✅ |
| Parches: sustituyen la nicotina e ignoran por completo el automatismo |
Actúa directamente sobre el gesto y sobre lo que lo dispara |
| Chicles: el mismo problema. Y encima el dolor de estómago, del que nadie habla. |
100% sin nicotina: nada a lo que el cuerpo pueda engancharse |
| Vaper: te da el gesto, pero con nicotina. Cambias de adicción, no te libras de ella. |
El gesto sin nicotina: trabaja con tu cerebro, no contra él |
| Dejarlo de golpe: casi imposible cuando el automatismo está tan arraigado |
Más del 78% sigue usándolo después del primer mes |
| Champix: es un medicamento, con los efectos secundarios de un medicamento |
Cero nicotina, cero diacetilo, cero formaldehído. Sin efectos secundarios. |
Qué incluye el Kit de Inicio Breazy
Todo lo que a Javier le habría gustado tener aquella noche, despierto a las 2:47:
El Kit de Inicio Breazy
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El inhalador Breazy: madera y acero inoxidable, resistencia ajustable para la calada que prefieras. Sin batería. Nada que enchufar. Nada que quemar ni vaporizar.
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Núcleos aromáticos naturales: filtros de fibra de algodón impregnados de aceites esenciales. Once aromas para elegir. Cero nicotina, cero diacetilo, cero formaldehído, cero metales pesados.
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Kit de limpieza: lo mantiene limpio y eficaz con el tiempo.
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Garantía de 60 días: si no es para ti, te devuelven todo el dinero, sin preguntas.
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50% de descuento para quien llega desde este artículo.
22.500 hombres después
22.500+hombres que han conseguido dejarlo
4,4/5valoración en Trustpilot
78%sigue usándolo después del primer mes
<1%tasa de devoluciones
Javier lanzó Breazy en 2023.
«Sigo recibiendo mensajes. Hombres de mi edad, algo mayores, algo más jóvenes. Todos dicen lo mismo: los parches no funcionaron, los chicles no funcionaron, dejarlo de golpe no funcionó, y luego, con Breazy, por fin algo cambió.»
«La diferencia es que ahora estamos tratando el problema correcto.»
Javier tiene una sola fotografía en el taller, encima del banco de trabajo. Salen él y su padre. Ramón. Gijón, 1995. Javier tiene unos diez años. Su padre tiene un cigarro en la mano.
«No sabía lo que le iba a costar ese hábito. Nadie se lo había explicado. Y no tenía las herramientas.»
«Construí Breazy para que otros hombres las tengan.»
— Javier Fernández, fundador de Breazy
«¿Dónde lo consigo?»
Ahora mismo Breazy ofrece un 50% de descuento en el Kit de Inicio a quien llega desde este artículo.
Las existencias bajan cuando la demanda sube. Y en las últimas semanas ha subido bastante.
CONTENIDO PUBLICITARIO. Esto no es un artículo periodístico ni una entrada de blog. La historia del fundador es un relato compuesto a partir de experiencias reales de clientes y de los orígenes de la marca. Los resultados mostrados son ilustrativos y pueden variar de una persona a otra. Breazy no es un producto sanitario. Ante cualquier cuestión médica, consulta a tu médico. Esta página puede recibir una compensación por los clics o las compras de los productos que aparecen en ella.